Transitoriedad

El Maestro sentía alergia hacía aquellas personas que prolongaban excesivamente su estancia en el monasterio. Más tarde o más temprano, todos los discípulos oían de sus labios las temidas palabras: «Ha llegado el momento de que te vayas. Si no lo haces, el Espíritu no vendrá a ti».

Un discípulo reacio a marchar quiso saber qué era ese «Espíritu».

Y el Maestro le dijo: «El agua solo se mantiene viva y libre si fluye. Tú sólo permanecerás vivo y libre si te marchas. Si no huyes de mi, te estancarás y morirás…. contaminado».

Incongruencia

Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión pública estaban referidas a la vida más allá de la muerte.

El Maestro se limitaba a sonreír sin dar una solo respuesta.

Cuando, más tarde, los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo, él replicó: «¿No habeis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?».

«Pero ¿hay vida despues de la muerte o no la hay?», insistió un discípulo.

«¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión!», replico enigmáticamente el Maestro.

Humildad

A un visitante que a sí mismo se definía como «buscador de la Verdad» le dijo el Maestro: «Si lo que buscas es la Verdad, hay algo que es preciso que tengas por encima de todo».

«Ya lo sé: una irresistible pasión por ella».

«No. Una incesante disposición a reconocer que puedes estar equivocado».

Palabras

Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao Tse:

«Los que saben no hablan;

los que hablan no saben».

Cuando el Maestro entró donde ellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras.

El maestro les dijo: «¿Quién de vosotros conoce la fragancia de una rosa?»:

Todos la conocían.

Entonces les dijo: «Expresadlo con palabras».

Y todos guardaron silencio.

Ruido

El Maestro tenía que soportar cada día una verdadera avalancha de preguntas, a las cuales él respondía en serio o en broma, con suavidad o con toda energía.

Había una discípula que siempre se pasaba las sesiones sentada y en silencio.

Cuando le preguntaron la razón de su actitud, ella respondió: «Apenas oigo una palabra de lo que dice. Estoy demasiado distraída con su silencio».

Juzgar

«¿Qué he de hacer para perdonar a todos?»:

«Si no condenaras a nadie, nunca tendrías necesidad de perdonar».

Serenidad

«¿Existe alguna forma de medir las propias fuerzas espirituales?»

«Muchas».

«Dinos tan sólo una».

«Tratad de averiguar con que frecuencia perdéis la calma a lo largo de un sólo día».

Realidad

Aunque el Maestro parecía saborear la vida y vivirla a tope, también se sabía que afrontaba grandes riesgos, como cuando denunciaba la tiranía del gobierno, corriendo el peligro de ser arrestado y hasta morir, o cuando llevó a un grupo de sus alumnos a ayudar a una aldea que había sufrido el azote de la peste.

«El sabio no teme a la muerte», solía decir.

«¿Por qué tiene un hombre que arriesgar la vida tan fácilmente?», le preguntaron en cierta ocasión.

«Por qué tiene una persona que preocuparse tan poco por el hecho de que se apague una vela cuando el día ya ha amanecido?».

Imbecilidad

Cuando se le preguntaba por su Iluminación, el Maestro siempre se mostraba reservado, aunque los discípulos intentaban por todos los medios hacerle hablar.

Todo lo que sabían al respecto era lo que en cierta ocasión dijo el Maestro a su hijo más joven, el cual quería saber cómo se había sentido su padre cuando obtuvo la Iluminación. La respuesta fue: «Como un imbécil».

Cuando el muchacho quiso saber por qué, el Maestro le respondió: «Bueno, verás…, fue algo así como hacer grandes esfuerzos por penetrar en una casa escalando un muro y rompiendo una ventana… y darse cuenta después de que estaba abierta la puerta».

Agresión

Para manifestar su deseo de enseñar a otros la Verdad, un celoso discípulo le pregunto al Maestro su opinión al respecto. Y el Maestro le dijo: «Espera».

Un año tras otro, el discípulo volvía con la misma pregunta, y una y otra vez el Maestro le daba la misma respuesta: «Espera».

Al fin, un día le dijo al Maestro: «¿Cuando estaré en condiciones de enseñar?»:

Y el Maestro le respondió: «Cuando tu impaciencia por enseñar haya desaparecido»