Proverbio Zen

Un día de viento dos monjes discutían sobre un árbol.

El primero decía: «Te digo que lo que se mueve es el árbol no el viento». El segundo decía: «Y yo te digo que lo que se mueve es el viento no el árbol»

Un tercer monje paso por allí y dijo: «No se mueve el viento y tampoco el árbol. Son vuestras mentes las que se mueven».

Las puertas del paraíso

Un guerrero llamado Nobushige fue a visitar a Hakuin, célebre Maestro Zen, y le planteo la siguiente pregunta:

-¿Existen verdaderamente un paraíso y un infierno?

-¿Quién eres? -indico Hakuin.

-Un samurai.

-¡Tú , un samurai! -exclamó Hakuin. Y se puso a insultarlo violentamente-. Nadie te querría como guardia, tienes el aspecto de un mendigo piojoso…

Nobushige se enfureció de tal manera que comenzó a sacar la espada mientras Hakuin continuaba a más y mejor.

-¡Ah! al menos tienes una espada, pero probablemente serás demasiado estúpido para lograr cortarme la cabeza.

Nobushige blandió entonces su arma, y Hakuin observó:

-He aquí que se abren las puertas del infierno.

Ante estas palabras, el samurai comprendió e inclinó la cabeza.

-Y he aquí que se abren las puertas del cielo. -dijo Hakuin.

Cuando lo recto y lo oblicuo

se encuentran y se aprietan

(como las piernas en posición de loto)

maravillosamente existen

preguntas y respuestas mezcladas.

Hokyo Zan Mai

Lectura

Se cuenta la historia de un sabio religioso que todas las mañanas hablaba a sus discípulos. Cierta mañana subió al estrado y justamente cuando iba a comenzar a hablar un pájaro se poso en la ventana y comenzó a cantar, con todo su alma. Después se callo y se fue a volar.

El instructor dijo entonces: «Se ha terminado la charla de esta mañana».

El ciervo escondido

El ciervo escondido

Un leñador de Cheng se encontró con un ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en el bosque y lo tapó con hojas y ramas. Poco despues olvidó el sitió donde lo había ocultado y creyó que todo había ocurrido en un sueño. Lo contó, como si fuera un sueño, a toda la gente. Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar al ciervo escondido y lo encontró. Lo llevo a su casa y dijo a su mujer:

-Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó donde lo había escondido y ahora yo lo he encontrado. Este hombre sí que es un soñador.

-Tu habrás soñado que viste a un leñador que había matado un ciervo. ¿Realmente crees que hubo un leñador? Pero como aquí está el ciervo debe ser verdadero -dijo la mujer.

-Aún suponiendo qué encontré al ciervo por un sueño -contesto el marido -,¿a qué preocuparse averiguando cuál de los dos soñó?

Aquella noche el leñador volvió a su casa, pensando todavía en el ciervo, y realmente soñó, y en el sueño soñó quién lo había encontrado. Al alba fue a casa del otro y encontró al ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que resolviera el asunto. El juez dijo al leñador:

-Realmente mataste un ciervo y creíste que era un sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad.. El otro encontró el ciervo y ahora lo disputa, pero su mujer piensa que soñó que había encontrado un ciervo. Pero como aquí esta el ciervo lo mejor es que lo repartan.

El caso llego a oidos del rey Cheng y el rey Cheng dijo:

-¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?

Despreocuparse

«¿Qué debo hacer para llegar a la Iluminación?».

«Nada».

«¿Cómo es eso…?».

«La Iluminación no es cuestión de «hacer». La Iluminación se produce».

«Entonces, ¿no puede alcanzarse nunca?».

«Por supuesto que puede alcanzarse».

«¿Y cómo?».

«No haciendo».

«¿Y qué hay que hacer para llegar a no hacer?».

«¿Qué hay que hacer para dormirse o para despertarse?».

Conversión

A un grupo de sus discípulos que estaban tremendamente ilusionados con una peregrinación que iban a emprender les dijo el Maestro: «Llevad con vosotros esta calabaza amarga y aseguraros de que la bañáis en todos los ríos sagrados y la introducís en todos los santuarios por los que paséis».

Cuando regresaron los discípulos, la amarga calabaza fue cocinada y posteriormente servida como comida sacramental.

«Es extraño», dijo con toda intención el Maestro después de haberla probado, «el agua sagrada y los santuarios no han conseguido endulzarla».

No – violencia

Una serpiente había mordido a tantos habitantes de la aldea que eran muy pocos los que se atrevían a aventurarse en los campos. Pero era tal la santidad del Maestro que se corrió la noticia de que había domesticado a la serpiente y la había convencido de que practicara la disciplina de la no – violencia.

Al poco tiempo, los habitantes de la aldea habían descubierto que la serpiente se había hecho inofensiva. De modo que se dedicaban a tirarle piedras y a arrastrarla de un lado a otro agarrándola por la cola.

La pobre y apaleada serpiente se arrastró una noche hasta la casa del Maestro para quejarse. El Maestro le dijo: «Amiga mía, has dejado de atemorizar a la gente y eso no es bueno».

«¡Pero si fuiste tú quien me enseño a practicar la disciplina de la no – violencia!»

«Yo te dije que dejaras de hacer daño, no de silbar».

Una taza de té

Nan-in, maestro japonés que vivió en la era Meijí (1868-1912), recibió a un profesor universitario que acudió a informarse sobre el Zen.

Nan-in sirvió té. Llenó la taza de su visitante, y siguió vertiendo.

El profesor se quedó mirando al líquido derramarse, hasta que no pudo contenerse: -Está colmada. ¡Ya no cabe más!

-Como esta taza -dijo Nan-in-, está usted lleno de sus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarle el Zen a menos que vacíe su taza antes?

Camino embarrado

Tanzán y Ekidô andaban juntos cierta vez por un camino embarrado. Seguía lloviendo intensamente.

Al llegar a un recodo, vieron a una hermosa joven, con kimono de seda y ceñidor, que no se animaba a intentar el cruce.

-Vamos niña -dijo Tanzán al punto y, levantándola, la llevó en brazos a través del lodo.

Ekidô guardó silencio hasta la noche, cuando llegaron a un templo en que alojarse. Entonces ya no pudo contenerse:

-Los monjes -dijo a Tanzán- no nos acercamos a las mujeres, sobre todo sin son jóvenes y agraciadas. Es peligroso. ¿por qué has hecho eso?

-Yo he dejado allá a la muchacha -repuso Tanzán-. ¿Tu todavía la traes contigo?

Irascible

Un estudiante del Zen acudió a Bankéi y le planteó su problema: -Maestro, tengo una irascibilidad ingobernable. ¿Cómo puedo curármela?

Tienes una cosa muy extraña -respondió Bankéi-. Quisiera verla.

-Ahora mismo no puedo mostrársela- repuso el otro.

-¿Y cuándo me la puedes mostrar? -preguntó Bankéi.

-Me viene de improviso- explicó el estudiante.

-Entonces -concluyó Bankéi- no ha de ser de tu propia y verdadera naturaleza. si lo fuera, podrías mostrármela en cualquier momento. Cuando naciste, no la tenías; y tus padres no te la dieron. Piénsalo bien.