Cuento

En aquel tiempo, dice una antigua leyenda china, un discípulo preguntó al vidente: «Maestro, ¿cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?»

Y el vidente respondió: «Es muy pequeña, y sin embargo de grandes consecuencias. Vi un gran monte de arroz cocido y preparado como alimento. En su derredor había muchos hombres hambrientos casi a punto de morir. No podían aproximarse al monte de arroz, pero tenían en sus manos largos palillos de dos y tres metros de longitud. Es verdad que llegaban a coger el arroz, pero no conseguían llevarlo a la boca porque los palillos que tenían en las manos eran muy largos. De este modo, hambrientos y moribundos, juntos pero solitarios, permanecían padeciendo hambre eterna delante de una abundancia inagotable. Y eso era el infierno.

Vi otro gran monte de arroz cocido y preparado como alimento. Alrededor de el había muchos hombres, hambrientos pero llenos de vitalidad. No podían aproximarse al monte de arroz pero tenían en sus manos largos palillos de dos y tres metros de longitud. Llegaban a coger el arroz pero no conseguían llevarlo a la propia boca porque los palillos que tenían en sus manos eran muy largos. Pero con sus largos palillos, en vez de llevarlos ala propia boca, se servían unos a otros el arroz. Y así acallaban su hambre insaciable en una gran comunión fraterna, juntos y solidarios, gozando a manos llenas de los hombres y de las cosas, en casa, con el Tao. Y eso era el cielo».

Anónimo

Dejar que te encuentre

La historia cuenta que un monje zen, conocido por su empuje, no se detenía de día ni de noche. Siempre andaba ocupado hasta el punto de no tener apenas tiempo para comer y para dormir.

– ¿Por qué corres tanto, qué prisa tienes? – preguntó el maestro.

– Busco el conocimiento, no puedo perder tiempo – respondió el frenético aprendiz.

– ¿Y cómo sabes que el conocimiento va delante de ti, de modo que tengas que correr muy deprisa tras él? Quizá va detrás de ti, y todo lo que necesitas para encontrarlo es quedarte quieto – dijo el maestro.

La fuerza del guerrero

Un poderoso guerrero, a la cabeza de su ejército, invadió un país vecino. Precedido por su reputación, nadie se atrevía a hacerle frente y mientras él avanzaba, atravesaba regiones desiertas. Todo el mundo huía a su paso.

Un día, en un pueblo, penetró en un templo y descubrió a un hombre de edad indeterminada, sentado, en la posición del loto. El guerrero, interpretando la presencia inmóvil del anciano como un desafío, furioso, desenvainó su sable.

– ¿Sabes delante de quién te encuentras, desvergonzado vejestorio? Podría traspasarte el corazón con este sable sin pestañear.

Sin sombra de preocupación, el anciano le respondió:

– Y tú, ¿sabes delante de quién estás? Yo puedo dejar que me traspases el corazón sin pestañear.

Mi fortaleza es temporal

Un famoso maestro espiritual llegó hasta la puerta del palacio del rey. Ninguno de los guardias intentó detenerlo mientras entraba y caminaba hacia donde el mismo rey estaba sentado en su trono.

– ¿Qué quiere? – preguntó el rey, reconociendo inmediatamente al visitante.

– Quisiera un lugar para dormir en esta posada – contestó el maestro.

– Pero esta no es una posada, es mi palacio – dijo el rey.

– ¿Puedo preguntar quién era el dueño de este palacio antes de usted?

– Mi padre. Él está muerto.

– ¿Y quien era el dueño antes de él?

– Mi abuelo. Él también está muerto.

– ¿Y este lugar en donde la gente vive por un corto tiempo y después se muda, acaso le oí decir que no es una posada?

La Luna en el agua

Un poeta está sentado delante de la puerta de su casa, inclinado mirando una cacerola llena de agua.

Pasa un monje zen que le pregunta: “¿Qué haces?”.

El poeta le responde: “Observo el reflejo de la luna en esta agua”.

El monje le dice: “Si no te duele el cuello, ¿por qué no observas a la luna directamente?”.

El cielo y el infierno

Un samurái le pidió a un maestro que le explicara la diferencia entre cielo e infierno. Sin responderle, el maestro se puso a dirigirle gran cantidad de insultos. Furioso, el samurái desenvainó su sable para decapitarle.

– He aquí el infierno – dijo el maestro. El guerrero, impresionado por estas palabras, calmó su ira y volvió a enfundar el sable. Al ver esto, el maestro añadió:

– He aquí el cielo.

La impaciencia y el conocimiento

– Maestro, quiero estudiar el arte de la espada, ¿cuántos años necesitaré?

– Diez años.

– ¡Son demasiados!

– Entonces, veinte años.

– ¡Pero eso es una barbaridad!

– Treinta años.

Sabor

Un maestro zen le ofreció un melón a su discípulo y le preguntó:

– ¿Qué te parece este melón? ¿Está bueno?

– Sí, sabe muy bien – contestó el discípulo.

– ¿Dónde está ese sabor? – le preguntó luego el maestro -. ¿En el melón o en tu lengua?

El discípulo reflexionó y se lanzó a dar complicadas explicaciones:

– Este sabor procede de una interdependencia entre el melón y mi lengua, porque mi lengua sola, sin el melón, no puede…

El maestro lo interrumpió bruscamente:

– ¡Idiota! ¡Más que idiota! ¿Qué pretendes? Este melón está bueno. Eso basta.

El vacío del guerrero

Un célebre espadachín japonés, que se decía adepto al zen, fue al encuentro del maestro Dokuon y le dijo, no sin un leve aire de triunfo, que todo lo que existía era el vacío, que nada distinguía al yo del tú, etc.

El maestro lo escuchó un momento en silencio, luego cogió su pipa y golpeó ocn fuerza al soldado en el cráneo.

El hombre saltó, cogió su sable y amenazó al monje.

– Vaya – dijo éste muy tranquilo -, el vacío no tarda en montar en cólera.

Cuento Zen

Un viejo monje y un monje joven caminaban por el bosque hasta que llegaron al frente de un río bravo. El río no era ni muy ancho ni profundo, y dado que no había puente decidieron cruzarlo sin más. En eso se les acercó una joven que llevaba ya mucho tiempo a la orilla del río. Llevaba puestos vestidos elegantes, llevaba un abanico, tenía pestañas muy largas y les sonreía con sus ojos grandes.

– Oh – dijo ella – la corriente es tan fuerte y el agua tan fría. Y si se me moja el Kimono me va a ruinar toda la seda. ¿Podría uno de ustedes ayudarme a pasar el río y cargarme?
Con estas palabras iba acercándose al joven monje. Pero él pensó que el comportamiento de la mujer era irrespetuoso. Sin embargo el viejo monje encogió los hombros, subió a la joven mujer y cargó con ella dejándola a la otra orilla después de haber cruzado el río. Después los dos monjes siguieron caminando.

Aunque durante la caminata mantuviesen el silencio, el joven monje estaba muy enfadado. Él pensaba que su colega más viejo había cometido un grave error al ser tan generoso con esa mujer tan orgullosa. Y lo que era peor aún, al tocar a una mujer había inclumplido un precepto de su orden. Y mientras seguían caminando, el joven monje seguía enfurecido para adentro, hasta que no aguantó más y comenzó a incriminarle al compañero su comportamiento por haber cargado a esa mujer y haberla ayudado a cruzar el río. Tenía tanta rabia que toda la cara se le había puesto roja.

– ¿Todavía estas cargando con esa mujer? – preguntó el monje más mayor. – Yo, hace más de una hora que dejé de hacerlo