Irascible

Un estudiante del Zen acudió a Bankéi y le planteó su problema: -Maestro, tengo una irascibilidad ingobernable. ¿Cómo puedo curármela?

Tienes una cosa muy extraña -respondió Bankéi-. Quisiera verla.

-Ahora mismo no puedo mostrársela- repuso el otro.

-¿Y cuándo me la puedes mostrar? -preguntó Bankéi.

-Me viene de improviso- explicó el estudiante.

-Entonces -concluyó Bankéi- no ha de ser de tu propia y verdadera naturaleza. si lo fuera, podrías mostrármela en cualquier momento. Cuando naciste, no la tenías; y tus padres no te la dieron. Piénsalo bien.

La mente de piedra

Hôgen, un maestro chino de Zen, vivía solo en un pequeño templo rural. Un día aparecieron cuatro monjes viajeros y pidieron permiso para encender en su patio un fuego junto al cual calentarse.

Mientras preparaban la fogata, Hôgen los oyó discutir sobre la subjetividad y la objetividad. Hôgen se les reunió y dijo: -Ahí hay una gran piedra. ¿Consideráis que esta dentro o fuera de vuestra mente?

Uno de los monjes respondió: -Desde el punto de vista del budismo, todo es una objetivación de lo mental, así que yo diría que esa piedra esta dentro de mi mente.

-Has de sentir la cabeza muy pesada -observó Hôgen- si andas llevando en tu mente semejante piedra.

Tiempo de morir

Ikkyû, el maestro del Zen, desde pequeño fue muy avisado. Su maestro poseía una preciosa taza de té, de rara antigüedad. A Ikkyû se le rompió accidentalmente esta taza, y se quedo muy perplejo. Oyendo los pasos del maestro que se acercaba, ocultó tras de sí los pedazos de la vasija. Cuando apareció el maestro, Ikkyû le preguntó:

-¿Por qué hay que morir?

-Es lo natural -respondió el digno señor-. Todo debe morir y tiene un determinado tiempo de vida.

Ikkyû, mostrando la vasija despedazada, explicó: -A tu taza le había llegado el tiempo de morir.

Intrepidez

«¿Que es el amor?»

«La ausencia total de miedo», dijo el maestro.

«¿Y qué es a lo que tenemos miedo?»

«Al amor», respondió el maestro.

Tribulación

«Las calamidades pueden ser causa de crecimiento y de iluminación», dijo el maestro.

Y lo explico del siguiente modo:

«Había un pájaro que se refugiaba a diario en las ramas secas de un árbol que se alzaba en medio de una inmensa llanura desértica. Un día, una ráfaga de viento arrancó la raíz del árbol, obligando al pobre pájaro a volar cien millas en busca de un nuevo refugio… hasta que, llegó a un bosque lleno de árboles cargados de ricas frutas».

Y concluyó el Maestro: «Si el árbol seco se hubiera mantenido en pie, nada hubiera inducido al pájaro a renunciar a su seguridad y echarse a volar».

El elefante y los ciegos

Más alla de Ghor había una ciudad. Todos sus habitantes eran ciegos. Un rey con su cortejo llegó cerca del lugar, trajo su ejercito y acampó en el desierto. Tenía un poderoso elefante que usaba para atacar e incrementar el temor de la gente.

La población estaba ansiosa por ver el elefante, y algunos ciegos de esta comunidad se precipitaron como locos para encontrarlo.

Como no conocían ni siquiera la forma y aspecto del elefante tantearon ciegamente, para reunir información, palpando alguna parte de su cuerpo.

Cada uno pensó que sabia algo, porque pudo tocar una parte de él.

Cuando volvieron junto a sus conciudadanos, impacientes grupos se apiñaron a su alrededor.

Preguntaron por la forma y aspecto del elefante, y escucharon todo lo que aquello dijeron.

Al hombre que había tocado la oreja le preguntaron acerca de la naturaleza del elefante. Él dijo: «Es una cosa grande, rugosa, ancha y gruesa como un felpudo».

Y el que había palpado la trompa dijo: «Yo conozco los hechos reales, es como un tubo recto y hueco, horrible y destructivo».

El que había palpado las patas dijo: «Es poderoso y firme como un pilar».

Cada uno había palpado una sola parte de muchas. Cada uno lo había percibido erróneamente. Ninguno conocía la totalidad: el conocimiento no es compañero de los ciegos. Todos imaginaron algo, algo equivocado.

De las invenciones modernas

«Se puede aprender algo de cualquier cosa», dijo una vez el rabí de Sadagora a sus jasidim. «Cada cosa puede enseñarnos algo, y no sólo lo que ha creado Dios. Lo que hizo el hombre también puede enseñarnos».

«¿Que podemos aprender de un tren?», pregunto dubitativamente un jasid.

«¿Que a causa de un segundo podemos perderlo todo?»

«¿Y del telégrafo?»

«Que cada palabra se cuenta y se cobra».

«¿Y del teléfono?»

«Que lo que decimos aquí se oye allá».

Lectura

Uno de los discípulos de Lao Tse, Chuang Tse, soñó una noche que se había convertido en una mariposa, revoloteando, volando entre las flores. Y a la mañana siguiente cuando se despertó estaba muy triste. Sus discípulos le preguntaron: «¿Que pasa Maestro? Nunca te hemos visto tan triste. ¿Qué ha sucedido?». El dijo: «Estoy en un apuro. Estoy en un dilema tal que ahora parece que no puede ser resuelto». Los discípulos dijeron: «Nunca hemos visto un problema que no pueda resolverse; dinos cual es el problema». Chuang Tse dijo: «Esta noche he soñado que me había convertido en una mariposa, volando por el jardín, yendo de flor en flor». Los discípulos se rieron. Dijeron: «¡es un sueño maestro!». Chuang Tse dijo: «Esperad dejadme contaros toda la historia. Ahora estoy despierto y me siento confuso. Ha surgido una duda. Si Chuang Tse puede soñar que puede convertirse en mariposa, ¿por qué no puede ser al revés? Una mariposa puede soñar que se ha convertido en Chuang Tse. ¿Así que quien es quien? ¿Soy una mariposa soñando que me he convertido en Chuang Tse?»

Porque si puede suceder que puedes convertirte en mariposa en un sueño, ¿entonces cual es el problema? Una mariposa que esta durmiendo esta mañana, descansando, puede soñar que eres tú, así que no sabes quien eres.

Milagro

Se decía que el «Haji» que vivía en las afueras de la ciudad realizaba milagros, por lo que su casa se había convertido en un centro de peregrinación al que acudía gran número de personas enfermas.

El Maestro, de quien todo el mundo sabía que ni sentía el menor interés por lo milagroso, nunca respondía a las preguntas que pudieran hacerle acerca del «Haji».

Cuando le preguntaron a quemarropa por qué se oponía a los milagros, respondió: «¿Cómo va uno a oponerse a lo que está ocurriendo ante sus ojos a cada instante?»

Evasión

Un visitante refería la historia de un santo que quería ir a visitar a un amigo suyo que estaba agonizando; pero, como le daba miedo viajar de noche, le dijo al sol: «En el nombre de Dios te ordeno que permanezcas en el cielo hasta que llegue yo a la aldea donde mi amigo agoniza». Y el sol se detuvo en el cielo hasta que el santo llegó a dicha aldea.

El Maestro sonrió y dijo: «¿No habría sido mejor que el santo hubiera vencido su miedo a viajar de noche?»