No – violencia

Una serpiente había mordido a tantos habitantes de la aldea que eran muy pocos los que se atrevían a aventurarse en los campos. Pero era tal la santidad del Maestro que se corrió la noticia de que había domesticado a la serpiente y la había convencido de que practicara la disciplina de la no – violencia.

Al poco tiempo, los habitantes de la aldea habían descubierto que la serpiente se había hecho inofensiva. De modo que se dedicaban a tirarle piedras y a arrastrarla de un lado a otro agarrándola por la cola.

La pobre y apaleada serpiente se arrastró una noche hasta la casa del Maestro para quejarse. El Maestro le dijo: «Amiga mía, has dejado de atemorizar a la gente y eso no es bueno».

«¡Pero si fuiste tú quien me enseño a practicar la disciplina de la no – violencia!»

«Yo te dije que dejaras de hacer daño, no de silbar».

Una taza de té

Nan-in, maestro japonés que vivió en la era Meijí (1868-1912), recibió a un profesor universitario que acudió a informarse sobre el Zen.

Nan-in sirvió té. Llenó la taza de su visitante, y siguió vertiendo.

El profesor se quedó mirando al líquido derramarse, hasta que no pudo contenerse: -Está colmada. ¡Ya no cabe más!

-Como esta taza -dijo Nan-in-, está usted lleno de sus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarle el Zen a menos que vacíe su taza antes?

Camino embarrado

Tanzán y Ekidô andaban juntos cierta vez por un camino embarrado. Seguía lloviendo intensamente.

Al llegar a un recodo, vieron a una hermosa joven, con kimono de seda y ceñidor, que no se animaba a intentar el cruce.

-Vamos niña -dijo Tanzán al punto y, levantándola, la llevó en brazos a través del lodo.

Ekidô guardó silencio hasta la noche, cuando llegaron a un templo en que alojarse. Entonces ya no pudo contenerse:

-Los monjes -dijo a Tanzán- no nos acercamos a las mujeres, sobre todo sin son jóvenes y agraciadas. Es peligroso. ¿por qué has hecho eso?

-Yo he dejado allá a la muchacha -repuso Tanzán-. ¿Tu todavía la traes contigo?

Irascible

Un estudiante del Zen acudió a Bankéi y le planteó su problema: -Maestro, tengo una irascibilidad ingobernable. ¿Cómo puedo curármela?

Tienes una cosa muy extraña -respondió Bankéi-. Quisiera verla.

-Ahora mismo no puedo mostrársela- repuso el otro.

-¿Y cuándo me la puedes mostrar? -preguntó Bankéi.

-Me viene de improviso- explicó el estudiante.

-Entonces -concluyó Bankéi- no ha de ser de tu propia y verdadera naturaleza. si lo fuera, podrías mostrármela en cualquier momento. Cuando naciste, no la tenías; y tus padres no te la dieron. Piénsalo bien.

La mente de piedra

Hôgen, un maestro chino de Zen, vivía solo en un pequeño templo rural. Un día aparecieron cuatro monjes viajeros y pidieron permiso para encender en su patio un fuego junto al cual calentarse.

Mientras preparaban la fogata, Hôgen los oyó discutir sobre la subjetividad y la objetividad. Hôgen se les reunió y dijo: -Ahí hay una gran piedra. ¿Consideráis que esta dentro o fuera de vuestra mente?

Uno de los monjes respondió: -Desde el punto de vista del budismo, todo es una objetivación de lo mental, así que yo diría que esa piedra esta dentro de mi mente.

-Has de sentir la cabeza muy pesada -observó Hôgen- si andas llevando en tu mente semejante piedra.

Tiempo de morir

Ikkyû, el maestro del Zen, desde pequeño fue muy avisado. Su maestro poseía una preciosa taza de té, de rara antigüedad. A Ikkyû se le rompió accidentalmente esta taza, y se quedo muy perplejo. Oyendo los pasos del maestro que se acercaba, ocultó tras de sí los pedazos de la vasija. Cuando apareció el maestro, Ikkyû le preguntó:

-¿Por qué hay que morir?

-Es lo natural -respondió el digno señor-. Todo debe morir y tiene un determinado tiempo de vida.

Ikkyû, mostrando la vasija despedazada, explicó: -A tu taza le había llegado el tiempo de morir.

Intrepidez

«¿Que es el amor?»

«La ausencia total de miedo», dijo el maestro.

«¿Y qué es a lo que tenemos miedo?»

«Al amor», respondió el maestro.

Tribulación

«Las calamidades pueden ser causa de crecimiento y de iluminación», dijo el maestro.

Y lo explico del siguiente modo:

«Había un pájaro que se refugiaba a diario en las ramas secas de un árbol que se alzaba en medio de una inmensa llanura desértica. Un día, una ráfaga de viento arrancó la raíz del árbol, obligando al pobre pájaro a volar cien millas en busca de un nuevo refugio… hasta que, llegó a un bosque lleno de árboles cargados de ricas frutas».

Y concluyó el Maestro: «Si el árbol seco se hubiera mantenido en pie, nada hubiera inducido al pájaro a renunciar a su seguridad y echarse a volar».

El elefante y los ciegos

Más alla de Ghor había una ciudad. Todos sus habitantes eran ciegos. Un rey con su cortejo llegó cerca del lugar, trajo su ejercito y acampó en el desierto. Tenía un poderoso elefante que usaba para atacar e incrementar el temor de la gente.

La población estaba ansiosa por ver el elefante, y algunos ciegos de esta comunidad se precipitaron como locos para encontrarlo.

Como no conocían ni siquiera la forma y aspecto del elefante tantearon ciegamente, para reunir información, palpando alguna parte de su cuerpo.

Cada uno pensó que sabia algo, porque pudo tocar una parte de él.

Cuando volvieron junto a sus conciudadanos, impacientes grupos se apiñaron a su alrededor.

Preguntaron por la forma y aspecto del elefante, y escucharon todo lo que aquello dijeron.

Al hombre que había tocado la oreja le preguntaron acerca de la naturaleza del elefante. Él dijo: «Es una cosa grande, rugosa, ancha y gruesa como un felpudo».

Y el que había palpado la trompa dijo: «Yo conozco los hechos reales, es como un tubo recto y hueco, horrible y destructivo».

El que había palpado las patas dijo: «Es poderoso y firme como un pilar».

Cada uno había palpado una sola parte de muchas. Cada uno lo había percibido erróneamente. Ninguno conocía la totalidad: el conocimiento no es compañero de los ciegos. Todos imaginaron algo, algo equivocado.

De las invenciones modernas

«Se puede aprender algo de cualquier cosa», dijo una vez el rabí de Sadagora a sus jasidim. «Cada cosa puede enseñarnos algo, y no sólo lo que ha creado Dios. Lo que hizo el hombre también puede enseñarnos».

«¿Que podemos aprender de un tren?», pregunto dubitativamente un jasid.

«¿Que a causa de un segundo podemos perderlo todo?»

«¿Y del telégrafo?»

«Que cada palabra se cuenta y se cobra».

«¿Y del teléfono?»

«Que lo que decimos aquí se oye allá».