Palabras

Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao Tse:

«Los que saben no hablan;

los que hablan no saben».

Cuando el Maestro entró donde ellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras.

El maestro les dijo: «¿Quién de vosotros conoce la fragancia de una rosa?»:

Todos la conocían.

Entonces les dijo: «Expresadlo con palabras».

Y todos guardaron silencio.

Ruido

El Maestro tenía que soportar cada día una verdadera avalancha de preguntas, a las cuales él respondía en serio o en broma, con suavidad o con toda energía.

Había una discípula que siempre se pasaba las sesiones sentada y en silencio.

Cuando le preguntaron la razón de su actitud, ella respondió: «Apenas oigo una palabra de lo que dice. Estoy demasiado distraída con su silencio».

Juzgar

«¿Qué he de hacer para perdonar a todos?»:

«Si no condenaras a nadie, nunca tendrías necesidad de perdonar».

Serenidad

«¿Existe alguna forma de medir las propias fuerzas espirituales?»

«Muchas».

«Dinos tan sólo una».

«Tratad de averiguar con que frecuencia perdéis la calma a lo largo de un sólo día».

Realidad

Aunque el Maestro parecía saborear la vida y vivirla a tope, también se sabía que afrontaba grandes riesgos, como cuando denunciaba la tiranía del gobierno, corriendo el peligro de ser arrestado y hasta morir, o cuando llevó a un grupo de sus alumnos a ayudar a una aldea que había sufrido el azote de la peste.

«El sabio no teme a la muerte», solía decir.

«¿Por qué tiene un hombre que arriesgar la vida tan fácilmente?», le preguntaron en cierta ocasión.

«Por qué tiene una persona que preocuparse tan poco por el hecho de que se apague una vela cuando el día ya ha amanecido?».

Imbecilidad

Cuando se le preguntaba por su Iluminación, el Maestro siempre se mostraba reservado, aunque los discípulos intentaban por todos los medios hacerle hablar.

Todo lo que sabían al respecto era lo que en cierta ocasión dijo el Maestro a su hijo más joven, el cual quería saber cómo se había sentido su padre cuando obtuvo la Iluminación. La respuesta fue: «Como un imbécil».

Cuando el muchacho quiso saber por qué, el Maestro le respondió: «Bueno, verás…, fue algo así como hacer grandes esfuerzos por penetrar en una casa escalando un muro y rompiendo una ventana… y darse cuenta después de que estaba abierta la puerta».

Agresión

Para manifestar su deseo de enseñar a otros la Verdad, un celoso discípulo le pregunto al Maestro su opinión al respecto. Y el Maestro le dijo: «Espera».

Un año tras otro, el discípulo volvía con la misma pregunta, y una y otra vez el Maestro le daba la misma respuesta: «Espera».

Al fin, un día le dijo al Maestro: «¿Cuando estaré en condiciones de enseñar?»:

Y el Maestro le respondió: «Cuando tu impaciencia por enseñar haya desaparecido»

El Increíble Ki

Un Maestro de combate a mano desnuda enseñaba su arte en una ciudad de provincia. Su reputación era tal en la región que nadie podía competir con el. Los demás profesores de artes marciales se encontraban sin discípulos. Un joven experto que había decidido establecerse y enseñar en los alrededores quiso ir un día a provocar a este famoso Maestro con el fin de terminar con su reinado.

El experto se presento en la escuela del Maestro. Un anciano le abrió la puerta y le pregunto que deseaba. El joven anunció sin dudar su intención. El anciano, visiblemente contrariado, le explicó que esa idea era un suicidio ya que la eficacia del Maestro era temible.

El experto, con el fin de impresionar a este viejo medio chocho que dudaba de su fuerza, cogió una plancha de madera que andaba por allí y de un rodillazo la partió en dos. El anciano permaneció imperturbable. El visitante insistió de nuevo en combatir con el Maestro, amenazando con romperlo todo para demostrar su determinación y sus capacidades. El buen hombre le rogó que esperara un momento y desapareció.

Poco tiempo después volvió con un enorme trozo de bambú en la mano. Se lo dio al joven y le dijo:

– El Maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo los bambúes de este grosor. No puedo tomar en serio su petición si usted no es capaz de hacer lo mismo.

El joven presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo mismo que había hecho con la plancha de madera, pero finalmente renunció, exhausto y con los miembros doloridos. Dijo que ningún hombre podía romper ese bambú con la mano desnuda. El anciano replicó que el Maestro podía hacerlo. Aconsejó al visitante que abandonara su proyecto hasta el momento que fuera capaz de hacer lo mismo. Abrumado, el experto juró volver y superar la prueba.
Durante dos años se entrenó intensivamente rompiendo bambúes. Sus músculos y su cuerpo se endurecían día a día. Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó de nuevo en la puerta de la escuela, seguro de sí. Fue recibido por el mismo anciano. Exigió que le trajeran uno de esos famosos bambúes de la prueba y no tardo en calarlo entre dos piedras. Se concentró durante algunos segundos, levanto la mano y lanzando un terrible grito rompió el bambú. Con una gran sonrisa de satisfacción en los labios se volvió hacía el frágil anciano. Este le declaró un poco molesto:
– Decididamente soy imperdonable. Creo que he olvidado precisar un detalle: el Maestro rompe el bambú… sin tocarlo.

El joven, fuera de sí, contestó que no creía en las promesas de este Maestro cuya simple existencia no había podido verificar.

En ese momento, el anciano cogió un bambú y lo ató a una cuerda que colgaba del techo. Después de haber respirado profundamente, sin quitar los ojos de bambú, lanzó un terrible grito que surgió de lo más profundo de su ser, al mismo tiempo que su mano, igual que un sable, hendió el aire y se detuvo a 5 centímetros del bambú… que saltó en pedazos.

Subyugado por el choque que acababa de recibir, el experto se quedó durante varios minutos sin poder decir un palabra, estaba petrificado. Por último pidió humildemente perdón al anciano Maestro por su odioso comportamiento y le rogó que lo aceptara como discípulo.

Bokuden y sus tres hijos

Bokuden, gran Maestro de sable, recibió un día la visita de un colega. Con el fin de presentar a sus tres hijos a su amigo, y mostrar el nivel que habían alcanzado siguiendo su enseñanza, Bokuden preparó una pequeña estratagema: colocó un jarro sobre el borde de una puerta deslizante de manera que cayera sobre la cabeza de aquel que entrara en la habitación.
Tranquilamente sentado con su amigo, ambos frente a la puerta, Bokuden llamó a su hijo mayor. Cuando éste se encontró delante de la puerta, se detuvo en seco. Después de haberla entreabierto cogió el vaso antes de entrar. Entró cerró detrás de él, volvió a colocar el jarro sobre el borde de la puerta y saludó a los Maestros.

– Este es mi hijo mayor – dijo Bokuden sonriendo -, ya ha alcanzzado un buen nivel y va camino de convertirse en Maestro.

A continuación llamó a su segundo hijo. Este deslizo la puerta y comenzó a entrar. Esquivando por los pelos el jarro que estuvo a punto de caerle sobre el cráneo, consiguió atraparlo al vuelo.

– Este es mi segundo hijo – explicó al invitado -, aún le queda un largo camino que recorrer.

El tercero entró precipitadamente y el jarro le cayó pesadamente sobre el cuello, pero antes de que tocara el suelo, desenvainó su sable y lo partió en dos.

– Y este – respondió el Maestro – es mi hijo menor. ES la vergüenza de la familia, pero aún es joven.

Inflexibilidad

«¡Cielos, cómo has envejecido!», exclamó el Maestro después de conversar con un amigo de su infancia.

«No puede uno evitar hacerse mayor, ¿no crees?», le dijo el amigo.

«No, claro que no puede», admitió el Maestro, «pero sí puede evitar envejecer».