Sexto sentido

Tajima no kami paseabas por su jardín una hermosa tarde de primavera. Parecía completamente absorto en la contemplación de los cerezos al sol. A algunos pasos detrás de él, un joven servidor le seguía llevando su sable. Una idea atravesó el espíritu del joven:

«A pesar de toda la habilidad de mi Maestro en el manejo del sable, en este momento sería fácil atacarle por detrás, ahora que parece tan fascinado con las flores del cerezo».

En ese preciso instante, Tajima no kami se volvió y comenzó a buscar algo alrededor de sí, como si quisiera descubrir a alguien que se hubiera escondido. Inquieto, se puso a escudriñar todos los rincones del jardín. Al no encontrar a nadie, se retiró a su habitación muy preocupado. El servidor acabó por preguntarle si se encontraba bien y si deseaba algo. Tajima respondió:

– Estoy profundamente turbado por un incidente extraño que no puedo explicarme. Gracias a mi larga práctica de las artes marciales, puedo presentir cualquier pensamiento agresivo contra mí. Justamente cuando estaba en el jardín me ha sucedido esto. Pero aparte de tí no había nadie, ni siquiera un perro. Estoy descontento conmigo mismo, ya que no puedo justificar mi percepción.

El joven servidor, después de saber esto, se acercó al Maestro y le confesó la idea que había tenido, cuando se encontraba detrás de él. Humildemente le pidió perdón.

Tajima no kami se sintió aliviado y satisfecho, y volvió al jardín.

Lectura

Se cuenta que un místico sufí estaba viajando y llego a una ciudad. Su fama había llegado allí antes que él, su nombre era ya conocido. Así que la gente se reunió y dijo: «Predícanos algo». El místico dijo: «Yo no soy solamente un sabio, soy también un necio. Os sentiréis confusos con mis enseñanzas, así que es mejor que me permitáis seguir callado». Pero cuanto más trataba de evitarlos, más insistían ellos, y más intrigados se sentían por su personalidad. Finalmente cedió y dijo: «De acuerdo. El viernes que viene iré a la mezquita». Era un pueblo mahometano. Luego pregunto: «¿Y de que queréis que hable?». Ellos dijeron: «De Dios, por supuesto». Y cuando llego estaba reunido todo el pueblo, porque había causado una gran sensación. Desde el púlpito pregunto: «¿Sabéis algo acerca de lo que voy a decir sobre Dios?» Por supuesto los del pueblo dijeron: «No, no sabemos lo que vas a decir». Así que les dijo: «Entonces es inútil porque si no lo sabéis en absoluto, no podréis comprender. Se necesita un poco de preparación, pero vosotros no estáis preparados en absoluto. Será inútil, así que no hablaré». Y se fue de la mezquita.

Los del pueblo no tenían ni idea de que hacer y le persuadieron para que volviese el viernes siguiente. Llego el viernes siguiente y pregunto lo mismo: ¿Sabéis de que voy a hablaros?» Esta vez los del pueblo estaban preparados y dijeron: «SI, por supuesto». Así que el dijo: «Entonces no hay necesidad de hablar. Si ya lo sabéis -se acabó. ¿Por qué molestarme innecesariamente y perder vuestro tiempo?» Y se fue de la mezquita.

Los del pueblo estaban completamente desconcertados acerca de que hacer con este hombre, pero ahora su interés les estaba volviendo locos -¡Ese hombre debía ocultar algo! Así que volvieron a persuadirle de algún modo. Fue y de nuevo pregunto la misma cuestión: «¿Sabéis de lo que voy a hablar?» Ahora los del pueblo se habían vuelto aún más sabios y replicaron: «La mitad de nosotros sabemos, y la otra mitas no». El místico dijo: «Entonces no hay necesidad de que hable. Los que saben pueden decírselo a los que no saben».

Nasrudín y la Peste

Iba la Peste camino a Bagdad cuando se encontró con Nasrudín.Este le preguntó:

— ¿Adónde vas?

La Peste le contestó:
— A Bagdad, a matar a diez mil personas.

Después de un tiempo, la Peste volvió a encontrarse con Nasrudín. Muy enojado, el mullah le dijo:

— Me mentiste. Dijiste que matarías a diez mil personas y mataste a cien mil.

Y la Peste le respondió:

— Yo no mentí, maté a diez mil. El resto se murió de miedo.

Cuento de la tradición sufí.