Contemplación

El Maestro solía decir que sólo el Silencio conducía a la transformación.

Pero nadie conseguía convencerle de que definiera en qué consistía el Silencio. Cuando alguien lo intentaba, él sonreía y se tocaba los labios con el dedo índice, lo cual no hacía más que acrecentar la perplejidad de sus discípulos.

Pero un día se logró dar un paso importante cuando uno le pregunto:» ¿Y cómo puede alguien llegar a ese Silencio del que tú hablas?»

El Maestro respondió algo tan simple que sus discípulos se le quedaron mirando, buscando en su rostro algún indicio que les hiciera ver que estaba bromeando. Pero no bromeaba. Y esto fue lo que dijo: «Estéis donde estéis, mirad incluso cuando aparentemente no hay nada que ver; y escuchad aun cuando parezca que todo está callado».

Lectura

Ch´ang Ch´uang estaba enfermo, y Lao Tsé fue a visitarle y dijo este a Ch´ang Ch´uang:

-Estas muy enfermo maestro. ¿No tienes nada que decir a tu maestro?

-¿Mi lengua aun esta ahí?

-Esta respondió Lao Tsé.

-Mis dientes están ahí, pregunto el anciano.

-No, replico Lao Tsé.

-¿Y sabes por qué?, preguntó Ch´ang Ch´uang.

-¿No será que la lengua dura más tiempo por ser más blanda? ¿Y que los dientes por ser duros se caen antes? Comentó Lao Tsé.

-Sin duda, dijo Ch´ang Ch´uang. Acabas de resumir todos los principios relativos al mundo. No necesitas más mis enseñanzas.

Enseñanza a fondo

En otro tiempo, en Japón, se utilizaban linternas de bambú y papel con una candela dentro. A un ciego, de visita cierta noche en casa de un amigo, éste le ofreció una linterna para regresar.

No necesito linterna -respondió. Oscuridad o luz es lo mismo para mí.

Ya se que no necesitas linterna para encontrar el camino -repuso el amigo-, pero, si no llevas una alguien puede darse un encontronazo contigo. Así que tómala.

El ciego partió con la linterna, y a poco trecho uno se dio contra él de manos a boca.

-¡Mira por donde vas! -le grito el ciego- ¿No ves la linterna?

Se te ha apagado la vela hermano -respondió el desconocido.

Lectura

Se cuenta que un místico sufí estaba viajando y llego a una ciudad. Su fama había llegado allí antes que él, su nombre era ya conocido. Así que la gente se reunió y dijo: «Predícanos algo». El místico dijo: «Yo no soy solamente un sabio, soy también un necio. Os sentiréis confusos con mis enseñanzas, así que es mejor que me permitáis seguir callado». Pero cuanto más trataba de evitarlos, más insistían ellos, y más intrigados se sentían por su personalidad. Finalmente cedió y dijo: «De acuerdo. El viernes que viene iré a la mezquita». Era un pueblo mahometano. Luego pregunto: «¿Y de que queréis que hable?». Ellos dijeron: «De Dios, por supuesto». Y cuando llego estaba reunido todo el pueblo, porque había causado una gran sensación. Desde el púlpito pregunto: «¿Sabéis algo acerca de lo que voy a decir sobre Dios?» Por supuesto los del pueblo dijeron: «No, no sabemos lo que vas a decir». Así que les dijo: «Entonces es inútil porque si no lo sabéis en absoluto, no podréis comprender. Se necesita un poco de preparación, pero vosotros no estáis preparados en absoluto. Será inútil, así que no hablaré». Y se fue de la mezquita.

Los del pueblo no tenían ni idea de que hacer y le persuadieron para que volviese el viernes siguiente. Llego el viernes siguiente y pregunto lo mismo: ¿Sabéis de que voy a hablaros?» Esta vez los del pueblo estaban preparados y dijeron: «SI, por supuesto». Así que el dijo: «Entonces no hay necesidad de hablar. Si ya lo sabéis -se acabó. ¿Por qué molestarme innecesariamente y perder vuestro tiempo?» Y se fue de la mezquita.

Los del pueblo estaban completamente desconcertados acerca de que hacer con este hombre, pero ahora su interés les estaba volviendo locos -¡Ese hombre debía ocultar algo! Así que volvieron a persuadirle de algún modo. Fue y de nuevo pregunto la misma cuestión: «¿Sabéis de lo que voy a hablar?» Ahora los del pueblo se habían vuelto aún más sabios y replicaron: «La mitad de nosotros sabemos, y la otra mitas no». El místico dijo: «Entonces no hay necesidad de que hable. Los que saben pueden decírselo a los que no saben».

5 Profecía

«Quisiera poder llegar a enseñar la verdad».

«¿Estas dispuesto a ser ridiculizado e ignorado y a pasar hambre hasta los cuarenta y cinco años?»

«Lo estoy. Pero dime: ¿qué ocurrirá cuando haya cumplido los cuarenta y cinco años?»

«Que ya te habrás acostumbrado a ello».

Vigilancia

«¿Hay algo que yo pueda hacer para llegar a la Iluminación?»

«Tan poco como lo que puedes hacer para que amanezca por las mañanas».

«Entonces , ¿para que valen los ejercicios espirituales que tú mismo recomiendas?»

«Para estar seguros de que no estáis dormidos cuando el sol comience a salir».

Supervivencia

Día tras día, el discípulo hacía la misma pregunta: «¿Cómo puedo encontrar a Dios?»

Y día tras día recibía la misteriosa respuesta: «A través del deseo».

«Pero ¿acaso no deseo a Dios con todo mi corazón? Entonces ¿por qué no lo he encontrado?»

Un día mientras se hallaba bañándose en el río en compañía de su discípulo, el Maestro le sumergió bajo el agua, sujetándole por la cabeza, y así lo mantuvo un buen rato mientras el pobre hombre luchaba desesperadamente por soltarse.

Al día siguiente fue el Maestro quien inició la conversación: «¿Por qué ayer luchabas tanto cuando te tenia yo sujeto bajo el agua?»

«Porque quería respirar».

«El día que alcances la gracia de anhelar a Dios como ayer anhelabas el aire, ese día te habrás encontrado».

Lectura

La vida del hombre es tejida en el telar del tiempo conforme un patrón que el no ve, solo Dios lo ve, y su corazón esta en la lanzadera. De un lado del telar esta la tristeza, del otro la alegría. Y la lanzadera, impelida alternativamente hacia cada lado, vuela para el frente y para detrás, cargando la línea que es blanca o negra conforme exige el modelo. Al final, cuando Dios extrae el tejido terminado, y todos sus colores alternos son observados en su conjunto, se ve que los colores oscuros son tan necesarios a la tela como los colores brillantes.

Mejor dormir que murmurar

Sa´di de Shiraz relata esta historia acerca de sí mismo:

«Cuando yo era niño, era un muchacho piadoso, ferviente en la oración y en las devociones. Una noche estaba velando con mi padre, mientras sostenia el Corán en mis rodillas. Todos los que se hallaban en el recinto comenzaron a adormilarse y no tardaron en quedarse profundamente dormidos. De modo que le dije a mi padre:

-Ni uno solo de esos dormilones es capaz de abrir sus ojos o alzar su cabeza para decir sus oraciones. Diria uno que están todos muertos.

Y mi padre me replicó:

-Mi querido hijo, preferiria que tambien tú estuvieras dormido como ellos, en lugar de murmurar».

La conciencia de la propia virtud es un riesgo muy propio de quien se embarca en la oración y en la piedad.

Transformación

A un discípulo que siempre estaba quejándose de los demás le dijo el Maestro: «Si es paz lo que buscas, trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra».